Gus Van Sant creció en el desarraigo de una infancia nómada, propiciada por las obligaciones laborales de su progenitor. Artista vocacional, empezó a pintar y a filmar sus primeros cortometrajes en Super 8 siendo un estudiante de primaria. Seguro de sus innatas aptitudes Gus sabía que quería dedicarse al arte, pero aún no sabía a cuál. Matriculado en la Rhode Island School of Design, no tardó en entender que el cine le seducía más que la pintura. De ese modo empezó a trabajar como ayudante de producción y director de spots publicitarios. Después de un periplo por el viejo continente, Van Sant, que siempre se ha mostrado orgulloso de su identidad gay, se instala en Los Angeles. En 1985 dirige su primera película con un presupuesto minúsculo. Mala noche llama poderosamente la atención de los habituales del cine experimental y vanguardista.

Sigue Van Sant explorando ese terreno con sus siguientes proyectos, Drugstore Cowboy con Matt Dillon o My own private privado, con Keanu Reeves y River Phoenix, que lo consolidan como una de las puntas de lanza del cine indie norteamericano. A mediados de los 90 decide probar suerte en el mainstream con títulos como Todo por un sueño, el remake de Psicosis o, sobre todo, Mente indomable, candidata a varios Oscar. Con el nuevo siglo vuelve a la independencia insobornable ganándose el favor de la crítica europea con títulos como Gerry, Last Days o Elephant. En 2009 vuelve a aspirar al Oscar como mejor director por Milk, un hombre, una revolución, una esperanza a la que seguirían Tierra prometida, El mar de árboles o No te preocupes, no llegará lejos a pie. Ha coqueteado también profesionalmente con el mundo de la música y con la literatura. Aquí algo de lo que charlamos con el ganador de la Palma de oro en Cannes.